La frase “Ha sido un largo camino hacia a ti” fue lo último que percibí de mi apacible sueño, las palabras desaparecían entre las líneas de la noche y la primera luz del sol. Sin abrir los ojos recordé la posición exacta en donde se encontraba mi taza de café de la noche anterior, el abrigo sobre el escritorio y la pequeña ventana del baño que había dejado abierta por olvido -misma que permitía que el aire de la mañana avanzara hacia mí-. Horizontalmente cómoda estiré los pies dejándolos al descubierto de la blanca sábana; contrastante con el mate oscuro de mis uñas. Al terminar de despertar me senté en el costado de la cama, abrí los ojos y vi la blanquecina mañana de un invierno que la memoria no me dejaría olvidar.
Después de cuatro años el recuerdo estancado de Fabián resurgiría.
Me puse de pie, tomé un poco del frío café y me dirigí al baño. El sonido del agua en los oídos me hizo recordar la fuente del parque que visitaba cuando era niña. Me transporté a través de los años vividos, recordando banalidades que dejaban fuera a la nostalgia y a la melancolía. Fabián tocó a la puerta preguntando qué deseaba desayunar. Él, como la mayoría de las personas no menciona la palabra desear, aunque es claro que en un recuerdo no hay reglas de narración. Por lo que contesté: pan tostado, hot cakes y los dulces rojos que compramos en Montreal. Cuando secaba las gotas que habían quedado adheridas a mi cuerpo, Fabián entró con los caramelos rojos en la mano, su mirada penetrante lo colocó frente a mí. Empujó dos de las golosinas a nuestras bocas. Yo miraba con atención la boca de Fabián, siguiendo el delicado movimiento de su lengua y el incesante choque de los dulces. Su boca se transformó en un tazón rojo sangre.
Regresé a la cama, la trayectoria del baño quedó marcada por las huellas de mis pies, comencé a vestirme, pero estaba sola. Fabián se había ido y de vez en cuando regresaba como un fantasma, como un sentimiento suspendido en el tiempo. Hacía meses que me limitaba a esenciales salidas. Ésta destartalada habitación, la habíamos rentado por poco tiempo, como en cualquier viaje de mochila. Pero quedé atada al lugar por una razón que ocasionalmente recordaba.
No tardé en volver a recostarme. Fabián ahora se deslizaba entre las sábanas, con movimientos suaves me fue envolviendo con besos, despertando con sus yemas caricias en mi piel. No podía dejar de pensar en aquel intenso color al que sus labios me introducían. Lo besaba sin medida y mordí su labio inferior hasta sangrar. El sabor de la sangre me despertó instintos que se transformaron en pasión. Pero de repente me encuentro con la idea de que beber su sangre es primordial. Comerlo a besos se hizo literal. Perdí toda coherencia de mis actos mas nunca el amor que sentía por él. Cada beso que yo daba debilitaba el cuerpo que me hacía fuerte. Cuando absorbí toda su esencia, él quedó inerte. En un largo abrazo desnudo le susurré al oído: Ha sido un largo camino hacia a ti.
Las sábanas se tiñeron de rojo, me alimente de su cariño, dejándome en la completa soledad.
El tiempo pausado de mi banalidad me invita a recordar a Fabián. Con tortura y deleite vuelvo a presenciar el incidente que me aprisiona a esta habitación.

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