Isaac Lugo
Atraviesas el umbral sin puerta, frente a la luz tenue habita tu presencia por completo y tus pasos se pierden en el silencio que deja al levantar la suela sobre la alfombra que guarda tu secreto. Ligera te desplazas entre butacas pasillos y asientos, me encuentras a tan sólo unos cuantos metros pero sigues de largo a pesar de haber notado mi presencia. Con un movimiento suave de cabeza hechas de lado el lacio largo y negro pelo que cae por entre tus ojos como cascada, finges entonces encontrarme y te acercas como los gatos, suave, tímida, ligera y con sumo cuidado.
Mi espera se hace larga cuando más cerca te encuentras, el tiempo se transforma y los latidos acrecientan, el sudor de las manos pierde su calidez para entumecer los huesos que también te esperan.
Me levanto y tu mejilla se estrella en mis labios que tratan de encontrar la comisura de tu boca. Me ofrezco a comprarte dulces y me disculpo por la extraña cita dentro de la sala.
-Sólo palomitas y refresco
-Claro, no tardo
Lo importante de todo es que había aceptado, por raro que parezca estuvo del todo de acuerdo en las peticiones que mi condición de casado exigen. El siguiente paso, después de besarla, era decirle ese pequeño inconveniente que me obliga a esperarla en la penumbra.
Comenzó la película, con una mano sostuve la bolsa enorme de palomitas, con la otra busque su piel y nuestros dedos se entrelazaron, el lenguaje se estableció entonces entre ligeras caricias con los dedos y en apretones que varían en su fuerza e intensidad. Sabía entonces que me entendería a pesar de toda contradicción.
Y en efecto me entendió pero antes de eso la bese y posterior a todo descubrimos nuestro amor sincero, clandestino.
Fotografía de Lampii


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