Por Isaac Lugo Acuña
Un día soleado, así lo decidió Marco a pesar de resistir las ansias que le entrecortan el aliento y le provocan llanto, el nudo en la garganta lo desespera y con ira patea las paredes de su habitación en la que las cortinas ocultan por completo las ventanas.-Una carta, una carta en la que explique los futuros acontecimientos, mejor nada, que nadie conozca la razón de lo que ya he determinado. Se dice para si e inclusive en voz alta, sabe que nadie le escucha, la casa está sola y puede cohabitar con sus pensamientos. Su habitación se vuelve cada vez más amplia conforme se agita su respiración; el sudor invade su frente que se descompone y se arruga junto con su cara; solloza, no puede controlarlo.
Todo está listo, la ropa que planea usar se encuentra perfectamente planchada en un lugar especial en el armario, aguarda el día para ser usada, un día soleado, se dice Marco al pasar su mano por las prendas que observa mientras la tarde asoma por la calle.
Por espacio de cinco días Marco escribe una carta que aguarda en un sobre sin destinatario. Por espacio de cinco días también, lo lleva planeando, sólo sabe que tendrá que ser en un día soleado, pero cómo, se pregunta continuamente. Podría usar el revolver que esconde bajo su cama en una caja de galletas, preparado con varios tiros para que una bala atraviese su cabeza. La otra opción, una navaja, hundirla hasta sentir la tibieza de la sangre ó que todo terminara en una comida, preparada especialmente con el sabor de la muerte.
Aquella tarde no escribió nada, se concretó a dejar el plato que la sirvienta dejó en la mesa para que el joven se dispusiera, a la hora que lo decidiera, a comer y eran ya también cinco días que los alimentos se tiraban. Sólo tomó café, un poco de pan y un cigarro más antes del término del día. Sabía entonces que la muerte llegaría.

Después de una noche sin sueño, el día llegó, amaneció como pocas mañanas, con un sol resplandeciente y Marco corrió las cortinas para permitir que la luz entrara, tomo un baño largo, demasiado largo y sacó del armario las prendas que dejaron de aguardar el día soleado que había llegado.
Tomó la pistola y acarició su cara con el frío metal. Marco se voló la cabeza, sin meditaciones ni carta alguna, las explicaciones sobrarían y ahí está tirado, se vacía y la sangre corre mientras todos saben que fue en un día soleado, cuando Marco, se quitó la vida.
Dibujo de Christian Camacho

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