LA MEMORIA, EL AMOR Y EL MAL

Por Francisco A. Avila

Recuerdos, inventos, juegos y laberintos de la mente, en ocasiones fiel testimonio de lo que fuimos como individuo y género humano. Eso es la memoria. Mirar y aprender del pasado para no cometer los mismos errores: un lugar común, que sin embargo, nos habla de la espiral en la que hemos construido el destino de la humanidad.


Fragilidad. García Márquez ilustra con su triste sabio nonagenario, la fragilidad de la memoria, los embustes a los que nos somete -o nos queremos someter-. A través de su memoria conocemos la soledad, la necesidad de amor; de un amor puro que sólo puede estar representado por una niña: Delgadina. El dinero, que compra compañía y caricias fugaces, que establece relaciones de poder, de sometimiento, puede ocultar el verdadero amor: por eso es tan difícil encontrarlo, por eso vivimos sin vivir. El triste sabio vivió noventa años sin poder ver el amor y cuando lo encontró sólo pudo huir, no creer. El amor enferma, enloquece y sana al mismo tiempo, así lo descubre el periodista de García Márquez.

Desolación. Una tierra que también recuerda y sabe contar: Ixtepec. Un episodio que quisiéramos borrar, pues nos lastima, aún supura. Elena Garro con su prosa lírica rememora el odio a los indios: nuestro pasado; el abuso de un ejército ignorante y salvaje; la promesa sin cumplir de una tierra por repartir; los traidores como Calles y Obregón; el mito de
Zapata, después encarnado en Abacuc; del abandono y la miseria; del amor, que por la combinación de lo anterior sólo puede ser trágico: una piedra sobre la que se cuenta una historia.

El porvenir no existe, pues somos una memoria detenida en el tiempo. El amor es el único capaz de salvarnos; así consiguieron Julia y Felipe Hurtado escapar del pueblo, del mundo. El resto quedamos atrapados en el mal.


Las mujeres de Elena Garro carecen de oportunidades, cuscas y decentes son iguales, sobajadas, mutiladas en cuerpo y alma.

La Revolución no es más que una farsa, un teatro de traición y muerte en la que el pueblo, supuesto protagonista, queda inmerso en la desdicha, en el olvido. La indiferencia y el odio se hacen evidentes, indios contra mestizos, los mestizos queremos ser puros, por eso preferimos la muerte del indio, de aquel que nos recuerda lo que somos en realidad. Todos somos víctimas y victimarios, el hambre de poder nos envilece, nos ciega, por eso no podemos avanzar, vislumbrar un porvenir.

Dios no existe. Si aceptamos su existencia estamos condenados. Dios como encarnación de todo lo bueno no puede caber en este mundo; si existe, sabemos que ha perdido la batalla ante el mal, ante sus ángeles caídos: la humanidad. El poder es sinónimo de mal, y el hombre es lo único que persigue. El arcángel Miguel en sus múltiples formas, creadas por la pluma de Ortiz Quesada, pretende descubrir la raíz del mal y por ende la inexistencia de Dios.


Patología. El poder como enfermedad incurable; pues la única cura aparente es el amor. El odio se acumula, el mundo entero se odia y la guerra es la prueba. Cuando un hombre mata a otro, aniquila un trozo de su alma, por eso somos seres inacabados, malditos. La falta de Dios nos convierte en acólitos de Bush, de Miguelito Reyna (López Obrador) o cualquier gobernador; a ellos les otorgamos divinidad. Caemos en la trampa del laberinto y no encontramos salida. Del libro de arena que Michael Ourlady lee y escribe se descubre y explica la verdad, la naturaleza del mal es una espina clavada por siempre en la humanidad; por eso y como última esperanza Ortiz Quesada propone al Logos como Dios y al Amor como su profeta.
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Somos putas tristes, aferradas a aquello que nunca fue y que damos por hecho: el amor. Nuestra historia, está corrompida desde tiempos inmemoriales, alabamos a los traidores, construimos altares y ponemos naciones en manos de los nefilim y su promesa de primero los pobres. Sólo nos quedan los recuerdos de un porvenir que significa muerte: eso somos.

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